• La singularidad de tu poesía, a mi parecer, consiste en no emitir juicios altisonantes. Un trabajo que me traigo entre manos sobre tu obra lleva por título provisional “hondísimas metonimias,” porque me parece que, como tú misma has detectado en el poema de donde procede la cita, la metonimia es tu modo de expresión: hondura en lo breve y fragmentario o, en otras palabras, un estilo basado en la parataxis. ¿Puedes comentar al respecto?
Es cierto. La poesía con juicios altisonantes nunca me ha dicho nada porque me parece inverosímil. No se muestran las verdades sólo porque el poeta las pronuncia como un discurso (además, ¿qué es la Verdad? , o mejor: ¿qué es un Poeta?). Estamos lejos del romanticismo que en su aspecto más innovador nos dio una mirada al mundo mediante un yo que se buscaba a sí mismo fusionando lo real e irreal y asimismo rechazaba formar parte de la Naturaleza ensalzando su individualidad. Algo en el fondo tremendamente egocéntrico. Era ese un yo, cuyas raíces se clavan en la filosofía kantiana, y le daba valor al sentimiento propio como método de conocimiento. Pero ha resultado demasiado poderoso y no ha podido con su peso. Ni siquiera nos vale ya la subjetividad de la que se apropiaba, que pertenecía exclusivamente al ámbito de los varones de una clase social.
Entonces, cuando el deseo fue parte del imaginario, digamos masculino, se inventó a una novia: a una mujer identificada con la Naturaleza y ésta será la musa. La excusa de que la creación se encienda como una chispa y así lo femenino quedara convertido en mera secuela de la impotencia totalizadora del yo romántico. En ese espejo nos hemos estado mirando durante mucho tiempo y reflectaba el negativo del mismo hacia la mujer.
La sensación de finitud, de mujer corriente, que es la que escribe el poema me hace sentir más cómoda en el relato de lo que acontece. Si no fuese por el exceso de sensibilidad el yo no saldría dañado, pero tampoco se mostraría en su vulnerabilidad, en su agudeza al observar y recoger en el poema ese instante de llamémosle lucidez. De ahí la metonimia, la parte por el todo, el todo no es posible ya que todo es efímero. Me parece muy acertada tu lectura de mi obra titulándola así. Además, no hay nada que se pueda ver en su totalidad.
• ¿Sería acertado decir que te sitúas en un punto diametralmente opuesto al de una escritura femenina esencial que busca modelos en figuras femeninas de la mitología o de la historia?
Como bien dices mi escritura no es esencialmente femenina porque el concepto de lo femenino es una construcción cultural. Lo femenino sabemos que es además una categoría de género. No me han convencido las limitaciones que ofrecía el mundo bajo esa categoría minusvaloradora de la inteligencia y que ensalzaba la belleza y juventud –por cierto volvemos en pleno siglo XXI a lo mismo-, pero ahora afecta a hombres y mujeres. Ciertamente, no he buscado en modelos o figuras femeninas, tampoco en masculinas. Sí en la femeneidad para subvertirla a través de la invención de personajes que eran también una parte de mí: ficciones reales. Pero no era una femeneidad que buscase nada en nadie, sólo mostraba su desasosiego, y sobre todo, su vulnerabilidad. Mi poesía va “más allá de ser mujer” como titulo en uno de mis poemas, porque supone una mirada plural e implicada en lo que miro con la intención de provocar al lector una identificación basada en el reconocimiento de sentimientos o impresiones que pertenecen a todo ser humano y no necesitan de la necesaria figura de lo femenino. Eso sí, lo dice una mujer que se iba poblando de desdoblamientos que se alternaban en una multiplicidad de tiempos y espacios.
• Tus escritos sobre “lo de ella” son obviamente muy distintos de lo que dicha noción puede sugerir en base de la tradición (el “ella” en la tradición romántica, del amor cortés, del simbolismo…) ¿Qué tratas de lograr al plantearte esta cuestión?
Lo de ella es un poemario de poemas breves como destellos de sensaciones e intuiciones. Lo escribí paralelamente a una novela que se ha reeditado este año titulada Miamor.doc. Ella es un juego de yoes, un poliedro de almas si se puede decir así, que se entrecruzan y marcan una suerte de itinerario de la sensación. Yo era la niña que había sido, la mujer que no había cumplido su destino histórico-cultural, la joven curiosa y desencantada, la solitaria por vocación que caminaba por la ciudad, era todas ellas, así capturaba mi propia historia.
Fíjate en que en la mayoría de estos conceptos gira sobre todo la infancia ya irremediablemente perdida y con ella, la inocencia. Hay un verso que dice “Y qué perdura/ cuando muera”, esa pregunta nos deja una desazón infinita. La existencia borra todo aquello que crea porque la condición natural de la misma es asumir, como diría el psicoanálisis, la pérdida. Cuando eres niña no tienes aún conciencia de eso y precisamente por eso la vida es plena. Por eso hay que saborear el “sinsabor”.
• En tu poesía hay una reflexión sobre lo que provoca fulgor y sobre su disolución. ¿Puedes comentar al respecto?
Muy bien observado. El fulgor es la metáfora que recoge la sensación de pérdida de la que te hablaba. Como dijo Blanchot, escribir es hacerse eco de lo que no puede dejar de hablar. Imagínate una larga secuencia en una película en la que sólo hay zonas iluminadas que de tanto en tanto aparecen dejando de brillar caprichosa y repentinamente. La realidad es así, una intensidad va seguida de un raro desacostumbrarse a ella. ¿Cómo escribirlo? La escritura objetiva el dolor constituyéndolo en sujeto e intenta dar cuenta de todo aquello que se pierde. En el fondo late una gran melancolía ya que cuando sabes que nada se repite debes optar por guardar una ligera distancia de tu propia percepción de la realidad. De ahí que lo que brilla hoy mañana será un ascua olvidada en un brasero. Sin embargo ha sido necesario que ese ascua ardiese y emanase de ella una luz. Guiarse por ese fulgor es un camino enigmático por el paso de los años y de los días. Walter Benjamín escribió: "De golpe pude abarcar con la mirada un barrio totalmente laberíntico, una red de calles que durante años había yo evitado, el día en que un ser querido se mudó a él. Era como si en su ventana hubiesen instalado un reflector que recordara la zona con haces luminosos".
• Hay mucho en tu poesía de la actitud de la flâneuse baudelairiana que deambula por las calles y que, como en Proust, tiene caídas en la memoria que le llevan hacia el pasado. ¿Qué crees? ¿Qué papel juega la memoria en tu escritura, y las perspectivas múltiples que se obtienen al mirar el entorno?
Esta pregunta se relaciona con la anterior. La memoria hace consciente el dolor de existir porque cuando la pérdida hace daño sólo nos queda alejarse con prudencia de tu cotidianidad para comenzar a verla como algo que no te concierne directamente. Deambular es un ejercicio filosófico y en el deambuleo la ajenidad con la que se observa el mundo me provoca una lejanía esencial para escribir. La lejanía es el aura benjaminiana. La distancia entre el yo y el deseo. La posibilidad de integrarme en lo lejano para desaparecer de lo próximo. Lo que tengo: el dolor. También me divierte jugar con las perspectivas múltiples sin necesidad de idealizarlas. En esos paseos de la memoria aprendes a minimizar. Hay un poema de Laozi, fundador del taoísmo antiguo (S. VI AC) que dice:
La música y los manjares
hacen que se detenga el viajero.
Al pasar por nuestra boca,
el Tao es insípido y desabrido,
no puede ser percibido
no puede ser oído
pero es inagotable.
• Como Clarice Lispector, tu persona poética mira las cosas de soslayo y como Emily Dickinson, las dice al sesgo, ¿puedes comentar?
Así es, la escritura da cuenta del corte, la rapidez violenta de la que hablaba Blanchot cuando se refería a la desaparición a la que está invitado el escritor. De la obra va a quedar un tono. Un tono que es el habla del alma. Ahí no sirven los conceptos ni el relato lineal de la realidad. En ese punto me atrevería a decir que muy pocos escritores lo consiguen. También podría decirse que esa es una manera muy femenina de mirar porque muestra mucho más la subjetividad del individuo. Casi todos los descubrimientos se revelan cuando se mira desacostumbradamente, cuando al girar la cabeza te apercibes de algo que no habías visto nunca antes y sin embargo estaba ahí. Es una manera también de mirar. La mirada imprime un ritmo en la escritura. Clarice Lispector lo ha hecho mejor que nadie. Creo que no se puede superar ese tránsito de la introspección subjetiva: Sé lo que estoy haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y son gruesos como sangre: Sé lo que estoy haciendo aquí: estoy improvisando. Decía. Y en sus textos no hay materia privilegiada para el narrador, esa es la esencia de la escritura femenina. Clarice y Emily, cómo no sentirse próxima a ellas. Me habría gustado mucho pasar una tarde con ambas.
• ¿Qué ocurre con el deseo, el gran motor desde el surrealismo, en la actitud de desdén y despego de tu persona poética?
Cuando pasan los años el deseo se calma, pide menos, aunque continúe latente. La edad del deseo de un cuerpo hacia otro se corresponde con nuestra biología que de alguna manera es el tiempo de la procreación. Somos también animales. Trascendemos el deseo de muchas maneras. Necesitamos una compañía que supla los intermitentes fogonazos de la soledad y en esa creencia vivimos deseantes y deseando que eso no se acabe porque si acaba rebrotará el abismo, la incapacidad de estar sola. Nuestra civilización no nos estimula para estar solos. Todo lo contrario. Nos hace dependientes y caprichosos. Emparejarse para siempre no es frecuente. No existe amor y deseo que dure tanto. Esta cultura no nos enseña a sentir la plena soledad como un atributo más de nuestra condición humana. También sentimos deseo de algo, algo incomunicable, que no tiene donde aferrarse y lo proyectamos en objetos, en sueños, en otras personas, o lo peor de todo: en poder, o en amor al dinero, que es uno de los peores deseos bajo mi punto de vista por que nos envilece. Por lo tanto el deseo te apega a las cosas, hace daño, debo distanciarme sobre todo porque en cuanto se realice el deseo dejaré de sentirlo. Es un círculo y creo que queda reflejado en mi poema Aburrimiento de Pormenor.
Se desea porque no sabemos muy bien qué hacer con la vida si la descargas de todos esos deseos inmediatos que sin embargo resultan tan útiles como método de conocimiento. Me imagino que cuando pasen más años algo de sabiduría tendré y me limitaré simplemente a contemplar, a dejar pasar con mínimas intervenciones la vida. Hasta ahora no ha sido fácil, Mi poesía deja testimonio de ello.
• ¿Consideras que tu poesía tiene mucho que ver con la poesía del silencio?
No sé muy bien qué es la poesía del silencio porque las clasificaciones –un método académico muy útil- no me sirven. En esa línea mi poesía estaría más cerca de la experiencia de intentar llegar al silencio, como si una quisiera meditar y en el momento de ejercer la meditación, tuviese la agenda en el pensamiento. Experiencia de la vida cotidiana en una suerte de “desventura del extravío”. Una lucidez que sólo la poesía puede darnos. Y es la lucidez del vacío y del silencio.
Es cierto. La poesía con juicios altisonantes nunca me ha dicho nada porque me parece inverosímil. No se muestran las verdades sólo porque el poeta las pronuncia como un discurso (además, ¿qué es la Verdad? , o mejor: ¿qué es un Poeta?). Estamos lejos del romanticismo que en su aspecto más innovador nos dio una mirada al mundo mediante un yo que se buscaba a sí mismo fusionando lo real e irreal y asimismo rechazaba formar parte de la Naturaleza ensalzando su individualidad. Algo en el fondo tremendamente egocéntrico. Era ese un yo, cuyas raíces se clavan en la filosofía kantiana, y le daba valor al sentimiento propio como método de conocimiento. Pero ha resultado demasiado poderoso y no ha podido con su peso. Ni siquiera nos vale ya la subjetividad de la que se apropiaba, que pertenecía exclusivamente al ámbito de los varones de una clase social.
Entonces, cuando el deseo fue parte del imaginario, digamos masculino, se inventó a una novia: a una mujer identificada con la Naturaleza y ésta será la musa. La excusa de que la creación se encienda como una chispa y así lo femenino quedara convertido en mera secuela de la impotencia totalizadora del yo romántico. En ese espejo nos hemos estado mirando durante mucho tiempo y reflectaba el negativo del mismo hacia la mujer.
La sensación de finitud, de mujer corriente, que es la que escribe el poema me hace sentir más cómoda en el relato de lo que acontece. Si no fuese por el exceso de sensibilidad el yo no saldría dañado, pero tampoco se mostraría en su vulnerabilidad, en su agudeza al observar y recoger en el poema ese instante de llamémosle lucidez. De ahí la metonimia, la parte por el todo, el todo no es posible ya que todo es efímero. Me parece muy acertada tu lectura de mi obra titulándola así. Además, no hay nada que se pueda ver en su totalidad.
• ¿Sería acertado decir que te sitúas en un punto diametralmente opuesto al de una escritura femenina esencial que busca modelos en figuras femeninas de la mitología o de la historia?
Como bien dices mi escritura no es esencialmente femenina porque el concepto de lo femenino es una construcción cultural. Lo femenino sabemos que es además una categoría de género. No me han convencido las limitaciones que ofrecía el mundo bajo esa categoría minusvaloradora de la inteligencia y que ensalzaba la belleza y juventud –por cierto volvemos en pleno siglo XXI a lo mismo-, pero ahora afecta a hombres y mujeres. Ciertamente, no he buscado en modelos o figuras femeninas, tampoco en masculinas. Sí en la femeneidad para subvertirla a través de la invención de personajes que eran también una parte de mí: ficciones reales. Pero no era una femeneidad que buscase nada en nadie, sólo mostraba su desasosiego, y sobre todo, su vulnerabilidad. Mi poesía va “más allá de ser mujer” como titulo en uno de mis poemas, porque supone una mirada plural e implicada en lo que miro con la intención de provocar al lector una identificación basada en el reconocimiento de sentimientos o impresiones que pertenecen a todo ser humano y no necesitan de la necesaria figura de lo femenino. Eso sí, lo dice una mujer que se iba poblando de desdoblamientos que se alternaban en una multiplicidad de tiempos y espacios.
• Tus escritos sobre “lo de ella” son obviamente muy distintos de lo que dicha noción puede sugerir en base de la tradición (el “ella” en la tradición romántica, del amor cortés, del simbolismo…) ¿Qué tratas de lograr al plantearte esta cuestión?
Lo de ella es un poemario de poemas breves como destellos de sensaciones e intuiciones. Lo escribí paralelamente a una novela que se ha reeditado este año titulada Miamor.doc. Ella es un juego de yoes, un poliedro de almas si se puede decir así, que se entrecruzan y marcan una suerte de itinerario de la sensación. Yo era la niña que había sido, la mujer que no había cumplido su destino histórico-cultural, la joven curiosa y desencantada, la solitaria por vocación que caminaba por la ciudad, era todas ellas, así capturaba mi propia historia.
Fíjate en que en la mayoría de estos conceptos gira sobre todo la infancia ya irremediablemente perdida y con ella, la inocencia. Hay un verso que dice “Y qué perdura/ cuando muera”, esa pregunta nos deja una desazón infinita. La existencia borra todo aquello que crea porque la condición natural de la misma es asumir, como diría el psicoanálisis, la pérdida. Cuando eres niña no tienes aún conciencia de eso y precisamente por eso la vida es plena. Por eso hay que saborear el “sinsabor”.
• En tu poesía hay una reflexión sobre lo que provoca fulgor y sobre su disolución. ¿Puedes comentar al respecto?
Muy bien observado. El fulgor es la metáfora que recoge la sensación de pérdida de la que te hablaba. Como dijo Blanchot, escribir es hacerse eco de lo que no puede dejar de hablar. Imagínate una larga secuencia en una película en la que sólo hay zonas iluminadas que de tanto en tanto aparecen dejando de brillar caprichosa y repentinamente. La realidad es así, una intensidad va seguida de un raro desacostumbrarse a ella. ¿Cómo escribirlo? La escritura objetiva el dolor constituyéndolo en sujeto e intenta dar cuenta de todo aquello que se pierde. En el fondo late una gran melancolía ya que cuando sabes que nada se repite debes optar por guardar una ligera distancia de tu propia percepción de la realidad. De ahí que lo que brilla hoy mañana será un ascua olvidada en un brasero. Sin embargo ha sido necesario que ese ascua ardiese y emanase de ella una luz. Guiarse por ese fulgor es un camino enigmático por el paso de los años y de los días. Walter Benjamín escribió: "De golpe pude abarcar con la mirada un barrio totalmente laberíntico, una red de calles que durante años había yo evitado, el día en que un ser querido se mudó a él. Era como si en su ventana hubiesen instalado un reflector que recordara la zona con haces luminosos".
• Hay mucho en tu poesía de la actitud de la flâneuse baudelairiana que deambula por las calles y que, como en Proust, tiene caídas en la memoria que le llevan hacia el pasado. ¿Qué crees? ¿Qué papel juega la memoria en tu escritura, y las perspectivas múltiples que se obtienen al mirar el entorno?
Esta pregunta se relaciona con la anterior. La memoria hace consciente el dolor de existir porque cuando la pérdida hace daño sólo nos queda alejarse con prudencia de tu cotidianidad para comenzar a verla como algo que no te concierne directamente. Deambular es un ejercicio filosófico y en el deambuleo la ajenidad con la que se observa el mundo me provoca una lejanía esencial para escribir. La lejanía es el aura benjaminiana. La distancia entre el yo y el deseo. La posibilidad de integrarme en lo lejano para desaparecer de lo próximo. Lo que tengo: el dolor. También me divierte jugar con las perspectivas múltiples sin necesidad de idealizarlas. En esos paseos de la memoria aprendes a minimizar. Hay un poema de Laozi, fundador del taoísmo antiguo (S. VI AC) que dice:
La música y los manjares
hacen que se detenga el viajero.
Al pasar por nuestra boca,
el Tao es insípido y desabrido,
no puede ser percibido
no puede ser oído
pero es inagotable.
• Como Clarice Lispector, tu persona poética mira las cosas de soslayo y como Emily Dickinson, las dice al sesgo, ¿puedes comentar?
Así es, la escritura da cuenta del corte, la rapidez violenta de la que hablaba Blanchot cuando se refería a la desaparición a la que está invitado el escritor. De la obra va a quedar un tono. Un tono que es el habla del alma. Ahí no sirven los conceptos ni el relato lineal de la realidad. En ese punto me atrevería a decir que muy pocos escritores lo consiguen. También podría decirse que esa es una manera muy femenina de mirar porque muestra mucho más la subjetividad del individuo. Casi todos los descubrimientos se revelan cuando se mira desacostumbradamente, cuando al girar la cabeza te apercibes de algo que no habías visto nunca antes y sin embargo estaba ahí. Es una manera también de mirar. La mirada imprime un ritmo en la escritura. Clarice Lispector lo ha hecho mejor que nadie. Creo que no se puede superar ese tránsito de la introspección subjetiva: Sé lo que estoy haciendo aquí: cuento los instantes que gotean y son gruesos como sangre: Sé lo que estoy haciendo aquí: estoy improvisando. Decía. Y en sus textos no hay materia privilegiada para el narrador, esa es la esencia de la escritura femenina. Clarice y Emily, cómo no sentirse próxima a ellas. Me habría gustado mucho pasar una tarde con ambas.
• ¿Qué ocurre con el deseo, el gran motor desde el surrealismo, en la actitud de desdén y despego de tu persona poética?
Cuando pasan los años el deseo se calma, pide menos, aunque continúe latente. La edad del deseo de un cuerpo hacia otro se corresponde con nuestra biología que de alguna manera es el tiempo de la procreación. Somos también animales. Trascendemos el deseo de muchas maneras. Necesitamos una compañía que supla los intermitentes fogonazos de la soledad y en esa creencia vivimos deseantes y deseando que eso no se acabe porque si acaba rebrotará el abismo, la incapacidad de estar sola. Nuestra civilización no nos estimula para estar solos. Todo lo contrario. Nos hace dependientes y caprichosos. Emparejarse para siempre no es frecuente. No existe amor y deseo que dure tanto. Esta cultura no nos enseña a sentir la plena soledad como un atributo más de nuestra condición humana. También sentimos deseo de algo, algo incomunicable, que no tiene donde aferrarse y lo proyectamos en objetos, en sueños, en otras personas, o lo peor de todo: en poder, o en amor al dinero, que es uno de los peores deseos bajo mi punto de vista por que nos envilece. Por lo tanto el deseo te apega a las cosas, hace daño, debo distanciarme sobre todo porque en cuanto se realice el deseo dejaré de sentirlo. Es un círculo y creo que queda reflejado en mi poema Aburrimiento de Pormenor.
Se desea porque no sabemos muy bien qué hacer con la vida si la descargas de todos esos deseos inmediatos que sin embargo resultan tan útiles como método de conocimiento. Me imagino que cuando pasen más años algo de sabiduría tendré y me limitaré simplemente a contemplar, a dejar pasar con mínimas intervenciones la vida. Hasta ahora no ha sido fácil, Mi poesía deja testimonio de ello.
• ¿Consideras que tu poesía tiene mucho que ver con la poesía del silencio?
No sé muy bien qué es la poesía del silencio porque las clasificaciones –un método académico muy útil- no me sirven. En esa línea mi poesía estaría más cerca de la experiencia de intentar llegar al silencio, como si una quisiera meditar y en el momento de ejercer la meditación, tuviese la agenda en el pensamiento. Experiencia de la vida cotidiana en una suerte de “desventura del extravío”. Una lucidez que sólo la poesía puede darnos. Y es la lucidez del vacío y del silencio.



