miércoles, 26 de diciembre de 2007

Concha García: influencias, referencias y background

Todo escritor reconoce estar marcado por unas influencias. Cuando preguntamos a algún novelista o poeta quiénes son sus referentes, recibimos como respuesta una larga lista de nombres y títulos. Hay una frase que nos viene bien al caso, y es esa que dice que cada uno es lo que lee, lo que ve y lo que vive. Es decir, nuestro carácter -personal o literario- viene marcado por unas experiencias vividas, ya sea el haber leído un libro, haber visto una película o haber experimentado ciertas aventuras. Así, uno puede hacer frente al presente y al futuro. Se trata de lo que en inglés se denomina background o, dicho en nuestra lengua, el bagaje de cada uno.

Y nuestra poeta, Concha García, no es menos. Si le preguntamos cuáles son sus referentes, nos dirá, en primer lugar, que no solamente se limitan a la literatura. Nos dirá, por ejemplo, que en su adolescencia leyó tanto cómics como fotonovelas, que eran un "vehículo retrógrado para transmitir el culebrón del amor romántico". Además, afirma estar marcada por algunos pintores, como Remedios Varo, Edward Hopper, Frida Kahlo o los pintores flamencos... No duda en decir que es una seguidora de cantantes como Patty Smith, Janis Joplin, Leonard Cohen, Lou Reed, Laurie Anderson, además de la música clásica o la brasileña. Todo ello ha ayudado a forjar ese carácter literario con un estilo tan personal.

Y, evidentemente, no podemos obviar a esos otros escritores que andan en el subconsciente de Concha García. Son Walter Benjamin, Wittgenstein, Clarice Lispector, María Zambrano, Ingeborg Bachman, Séneca, Dorothy Parker, Jim Thompson, Marguerite Yourcenar, Antonio Machado o las ideas entorno a la lírica de Hilde Domin y Gadamer.

Además de otras referencias literarias, como El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, Diario de W. Gombrowicz, La vida del espíritu de Hannah Arendt, entre otras.

Todo este montón de referencias culturales -no sólo literarias- son pequeñas partes de la vida y la obra de Concha García. Solo nos quedaría un detalle para acabar de rizar el rizo de sus influencias. Y es el carácter humano, es decir, uno también crece con las personas que le rodean y eso es palpable en cualquier acto de creación que se lleva a cabo. Las personas, las relaciones humanas, son importantes para los escritores -sobre todo si son poetas-.

Esas influencias, esas experiencia, conforman ese TODO que son el motor de su poesía.

Manel Haro (texto y fotos).

domingo, 9 de diciembre de 2007

"Todo es poetizable", Concha García

La idea de estudiar a las escritoras como un grupo aparte no está basada en que todas sean iguales, o en que desarrollen un estilo parecido, propiamente femenino. Pero sí cuentan con una historia especial, susceptible de análisis, que incluye consideraciones tan complejas como la economía de su relación con el mercado literario; los efectos de los cambios sociales y políticos en la posición de las mujeres entre los individuos y las implicaciones de lis estereotipos de la escritora así como de las restricciones de su independencia artística.

Elaine Showaler

La contemporaneidad del poeta está en un cierto número de latidos del corazón por segundo que indican la pulsación exacta del siglo (…) En la consonancia –casi física, fuera del significado- con el corazón en la época –que incluye el mío, y en los latidos del corazón de la época en el mío- con el mío.

Marina Tsviétáieva

La experiencia que me produce releer mis propios poemas es curiosa. Hasta hace poco sentía cierto prejuicio cuando repasaba alguno de mis poemarios y me detenía en un poema cualquiera. Sentía que aquello que estaba escrito formaba parte de una experiencia no necesariamente vivida por mí, aunque yo era quien lo había escrito. Tampoco era del todo cierto que se tratara de una ficción porque algo mío, sin duda, estaba reflejándose en el poema. El prejuicio era generado por una falsa modestia que en el fondo me irritaban pero que no podía dejar de sentir. Me releía y pensaba que era mucho mejor que releyese cualquier otro poema que no fuese mío, de esa manera yo misma me desautorizaba e impedía que los propios textos calasen en mí, y me revelaran su significado profundo. ¿Por qué ese miedo? Releyéndome también descubría significados que anticiparon experiencias posteriores, descubría que me conocía mejor a mí misma y que en mi conciencia había una trama de recuerdos, sensaciones, lecturas, frustraciones, deseos…
Sabemos que todos estamos gobernados por nuestras historias personales y por las de las generaciones precedentes, y solemos remontar hasta el mito que atraviesa e intriga nuestro imaginario. La poderosa tempestad que me devolvía, desordenadamente, al leer mis poemas, una historia personal filtrada por el eco de mis antecesoras, me revelaba que hablaba en boca de un imaginario que se había instalado en mi voz poética asumiendo un papel todavía tímido, pero que se emergía en el poema buscando un reconocimiento. Toda una genealogía femenina asomaba la cabeza en el texto.
Transcribo un poema escrito recientemente titulado Sin dolor, escrito durante un momento en que esperaba a alguien en casa. Yo estaba preparando la comida y me recreaba tomando una copa de vino blanco. Fue como si entre un acto y otro, una voz que también era mía, me pidiera que dejase constancia de aquél recuerdo lejano convertido en sensación. El texto surgía de las capas más profundas de mi ser.

Los primeros días
fueron un poco amargos, me refiero
a que la sensación se te ponía en la espalda
y se cumplía el designio.
Era un dolor como ajeno
un exceso de intimidad con ella,
un ir y venir de recuerdos que se tropezaban.
¿Cómo manifestarlo?
Si andabas apresurada, la calle no podía.
Si por el rabillo del ojo
entraban las esquinas adorables
hechas de cemento, claro, también
de vidrios, y qué escaparates.
Una hermosa lata de atún del sur
la sonrisa de la mujer
del dibujo, oh, qué momento,
mi madre poniendo la mesa,
había sacado del cesto cien gramos
de todo el porvenir que le quedaba.

Sin duda el poema necesitaba ser dicho, tras él había una historia larga y repetida que formaba parte de mi historia, no sólo personal, sino que abarcaba un arco mucho más amplio que tenía que ver con el hecho de haber nacido mujer. La biología prefiguraba mi destino.
Tres son las cuestiones que recorren este poema: la rememoración de una escenas remota y desgajada de mi niñez, la certeza de que soy una mujer, y una entreverada sucesión de tiempos y espacios imaginados que me llevaron a una secuencia de mi infancia, cuando mi madre llegaba de la compra y sacaba del cesto los alimentos para ordenarlos en la nevera. Aquel acto, sin yo saberlo, era un destino que se cumplía inexorablemente: el de ordenar la comida y organizar la alimentación de la familia. La madre de mi madre también había hecho lo mismo, y su abuela, y probablemente toda nuestra genealogía femenina. Ese exceso de recuerdos que se tropezaban en mi memoria se abrían paso en mi mente con una ternura insólita en la que reconocía a la niña que agradecida miraba a su madre al poner un orden en la nevera, y que sabía que por ser mujer yo también estaba destinada a esa tarea. Sólo que yo, voluntariamente, al haber adquirido la conciencia de que no quería eso, iba a detenerlo y a cambiarlo.

En un ensayo de Virginia Wolf publicado en 191 y titulado La ficción moderna, la autora inglesa habla con mucho atino de un asunto tan complejo como la conciencia, dice: “La muerte recibe una miríada de impresiones: triviales, fantásticas, evanescentes o grabadas a fuego con la dureza del acero. Provienen de todas partes, una rociada incesante de átomos innumerables (..) la vida es un halo luminoso, un envoltorio semitransparente que nos rodea desde el principio hasta el fin de la conciencia”. Nada más acertado para expresar lo que yo recibía de los poemas que había escrito tiempo antes: momentos de conciencia. Una conciencia dispersa que concentraba experiencias imaginadas y reales, no en el sentido de la realidad lineal, ordenada, figurada, que ordena los acontecimientos según un discurso aparentemente lógico. Me abría a la subjetividad y en ella yo podía sumergirme y encontrarme con fragmentos de espacios, con minúsculas secuencias temporales que caprichosamente iban de aquí para allá intercalándose sin orden aparente. De repente te veías en un barco yendo hacia Santorini, o tomada de la mano de tu hermana camino al colegio. Simultáneamente pensaba en que tenía ganas de leer tal o cual libro o que el domingo anterior no vino la visita que esperaba. Aquel vaivén de recuerdos e impresiones era el material del que estaba compuesto mi propio poema: una experiencia de primer orden que me devolvía a mí misma en un arco iluminado de pequeños instantes de conciencia.

La poesía, siguiendo a la escritora inglesa, sería el resultado de registrar todos esos átomos de conciencia a medida que se posan sobre la mente y en el orden en que caen forman un dibujo que por incoherente que pueda parecer, forma una trama de lo real. Lo real adquiría una mirada de mujer.

Mi experiencia particular debido a una serie de crisis y conflictos que me relacionan muy directamente con otras mujeres de mi cultura, se convertía en la pátina de mis poemas.

Siempre me he preguntado en qué consiste escribir como una mujer. Una de las respuestas apela al sentido formal: la mujer cuando escribe poesía desde su sujeto poético, en general no ha sido tan esclava de las formas como los hombres. Pero esa cuestión no es lo que más me interesa. Lo más interesante es que encontraba en los poemas de algunas mujeres asuntos que me afectaban y emocionaban de una manera muy personal. La poeta alemana recientemente desaparecida Hilde Domin en su ensayo ¿Para qué la lírica hoy? Escribió: “Estamos totalmente desamparados: desamparados, desamparables y desamparando, cada individuo se encuentra en el contexto como individuo, en contextos que no puede prevenir ni dirigir y dentro de los cuales tiene que renunciar –lo mismo que a la ideología- al consuelo de la teoría. Sin embargo se trata de la responsabilidad posible de cada uno en una época cuya experiencia vital esencial es la de la impotencia del individuo. Se trata de la paradoja del atenerse a la responsabilidad imposible, de la responsabilidad de quien quiere objetivar la experiencia común (…) Se trata –exigencia mínima- de denominar verazmente nuestro mundo”. En ese denominar verazmente nuestro mundo me interesaba descubrir y compartir las experiencias comunes que encontraba en otras mujeres poetas.

Me preguntaba cuáles eran las cuestiones que me ponían en guardia duando en un texto se hablaba de algo que alteraba el orden del discurso patriarcal y que, sin embargo, tenía tan asumido que a veces no era consciente.

Sabemos que el imaginario social sobre la mujer y la feminidad se constituyen a partir de la mirada y los fantasmas masculinos bajo la forma de ciertas figuras, como la mujer fatal, la mujer niña, la prostituta, o la virgen. La profesora Silvia Tubert en su ensayo Deseo y representación dice que éstas son representaciones fantasmáticas que pueblan el imaginario social tal como aparece en los mitos, las religiones, la literatura y el arte. Naturalmente la escritura poética no puede desprenderse de ese vestigio cultural con facilidad. Repetimos lo dado, cuestionarlo es difícil. Nos estamos reinventando constantemente, a cada paso que se ha dado, una hilera de libros canónicos que continúan representando el mundo desde un solo punto de vista, el patriarcal, ha derribado a los que ocupaban el estante de lo dicho desde otra voz u otra experiencia. Por ejemplo en las antologías poéticas publicadas en España, sobre todo en los años ochenta y noventa, resultaba curioso que en casi ninguna coincidiera la misma poeta. De lo que se deducía que los nombres de las pocas seleccionadas en algunas antologías se dispersaban y no se fijaban como el de los varones poetas. Podemos echar mano de cualquier antología publicada en España y se comprobará lo que afirmo.

Existe una experiencia común en casi todas las mujeres de mi generación. Se nacía con un futuro ya predeterminado social y culturalmente que se reducía a dos cuestiones: casarse y tener hijos. Lo demás, la vida en su experiencia más gratificante que es el ejercicio de la libertad, se le negaba a la niña. Las cosas ahora no son así. Pero lo fueron y deben quedar escritas. Hay que denominar verazmente el mundo. En un poema de la poeta norteamericana Sharon Olds (1942) se refleja muy acertadamente lo que digo.

Yo me remonto a mayo de 1937.
Les veo, de pie, a las puertas rituales de sus universidades,
veo a mi padre paseándose
bajo el arco de piedra arenisca, color almagre,
los azulejos rojos centelleando
como torcidos platos de sangre detrás de su cabeza,
veo a mi madre con unos cuantos libros triviales a su lado,
de pie, donde la columna hecha de pequeños ladrillos,
con la puerta de hierro forjado todavía abierta detrás de ella,
sus puntas de espada negras en el aire de mayo;
están a punto de graduarse, a punto de casarse,
son chavales, son tontos, lo único que saben es
que son inocentes, nunca harán daño a nadie.
Quiero acercarme a ellos y decir, ¡alto!
No lo hagáis: ella no es la mujer
él no es el hombre que quieres, haréis cosas
que no podéis imaginar jamás haríais,
haréis cosas malas a niños,
sufriréis de manera inconcebible,
querréis morir. Quiero
acercarme a ellos allí a la luz solar de un mayo tardío y
decírselo,
la cara de ella, deseosa, bonita y vacía volviéndose a mí,
su pobre cuerpo hermoso, no tocado,
pero no lo hago. Quiero vivir.
Les recojo como esas muñequitas de papel,
hombre y mujer, les empujo uno contra el otro
por las caderas, como astillas de pedernal como para
encender una chispa de los dos, digo:
haced lo que vais a hacer, y yo lo contaré.

La autora se sitúa en una posición temporal en la que puede ver a sus padres antes de casarse y desea advertirles de que es un error lo que van a hacer. El poema está lleno de imágenes que simbolizan su futuro sombrío (azulejos centelleando, platitos de sangre, libros triviales, puerta de hierro forjado, puntas de espadas negras). Ella no puede hacer nada para detener el propio devenir de la existencia. Sabe que la escritura se encargará de relatarlo y de transformarlo. Sabe que ésa es su obligación, que así nombrará “verazmente” el mundo. Lo nombrará, lo modificará.

Y así está ocurriendo. Las bodas ya no significan lo mismo que cuando yo era una adolescente, al menos me parece que quien se casa lo hace por propia elección. Aunque tampoco estoy segura de que el significado profundo de los compromisos que se adquieren por presiones culturales haya cambiado demasiado, pienso que no.

Una de las cuestiones que me gusta de la poesía escrita por mujeres en los últimos años es que se ha desprendido de varios clichés con los que nos identificaban. Me molesta que se haya explotado tanto la imagen de la mujer transmitida a través de su propio cuerpo. O se era amante (aunque fuese lesbiana) o se suicidaba. Tenemos ejemplos de sobras que se han convertido en un icono: Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik, Silvia Plath o Anne Sexton. Ese tipo de poeta, poseída por un alma atormentada (y es cierto, ha sido necesaria esa “aniquilación” para darse cuenta de que por ahí no era el camino) fue la antorcha que iluminaba el sendero de iniciación poética de muchas jóvenes, empezando por mí misma. Sus vidas ejercían una seducción fatal que estimulaba la creación. En el aire quedó eso, y eso es lo que respiré como lo canónico de las mujeres que escribían.

Quedó, en la poesía escrita por mujeres, una fatalidad de destino engañosa y algunas veces perversa. No es por ahí donde una encuentra esa voz de mujer. La encontramos, por ejemplo, desvelando las estructuras simbólicas que han contribuido a crear una concepción del género femenino conducente a la perpetuación de la inferioridad de las mujeres. Porque de lo contrario, nos situamos ante una falta de definición, en lo que yo llamo crear una expectativa. Se espera “eso” no otra cosa: muerte y juego con el cuerpo. De eso mismo se nutre el propio discurso de lo llamado femenino. La expectativa es otra. Me gusta pensar en proyectar una mirada menos sexualizada, menos connotada por la secuela histórica, que me rescate de la invisibilidad y el silencio. Me gusta la poesía que ilumina nuestro papel en la historia y en la actualidad, desde muchas perspectivas: liviana y sutil, penetrante y múltiple. Que juegue e indague, que posibilite otra visión de la realidad y sea común a hombres y mujeres. La poesía al fin y al cabo suscita lo que nos parece familiar por haberlo conocido en una memoria remota.

Un poema de la poeta norteamericana Adrienne Rich (1929), expresa perfectamente y con ironía la semblanza de esa mujer que nos antecede.

Golpeando la cafetera en el fregadero
ella escucha a los ángeles increpantes, y mira hacia fuera
al confuso cielo más allá de los jardines rastrillados.
Hace solo una semana le dijeron: No seas paciente.
La próxima vez fue: Sé insaciable.
Luego: Sálvate a ti misma, no puedes salvar a otros.
A veces he dejado que el agua hirviente le queme el brazo
que un fósforo arda hasta quemarle la uña del pulgar,
o ha dejado su mano en el escape de la tetera
justo sobre el vapor caliente. Quizá sean ángeles,
puesto que a ella ya nada le hace daño, excepto
la arenisca matutina que se le mete en los ojos.

Es interesante la propuesta estética de este poema. Para empezar comienza con la imagen de una mujer golpeando la cafetera (los utensilios del hogar representan el mundo femenino, pero ella lo subvierte). Continúa reflexionando mientras mira el cielo, más allá de los jardines rastrillados, ordenados. Los mandatos recibidos por su mera condición de mujer: insaciable, impaciente, salvarse a sí misma… son cuestionados. Al mismo tiempo comienza el día simbolizado por el acto cotidiano de preparar un café. El último verso revela el contenido real del poema: la mujer expresa un dolor del que no puede despegarse y que comienza al amanecer, ¿el dolor de existir?

Este poema me da una idea veraz de lo que siente cualquier mujer cuando se cuestiona le mundo en toda su dimensión de lo real. No hay nada que sobre ni que falte. Tampoco encontramos lirismo. Eso me gusta. El exceso de lirismo no lo es un rasgo distintivo en la poesía escrita por mujeres.

Otro ejemplo de poema, menos prosaico, en el que la mujer es relatada desde varios ángulos, nos lo da la poeta polaca Wislawa Szymborska (1923).

Lo que más me gusta de este poema es la seguridad con la que la autora perfila varias representaciones de mujer y la reflexión sobre las mismas desde distintas perspectivas y posibilidades. Es un poema que se ajusta correctamente a nuestra diversidad. No existe temática femenina única: la soledad, las cuestiones metafísicas, metapoéticas, eróticas, el amor y el desamor… son temas tratados por cualquier poeta.Tampoco la poesía escrita por mujeres tiene un tono concreto, hay poetas que escriben de una manera desafiante, otra testimonial, o carnavalesca, o con tonos amargos, o llenos de ironía.

Retrato de mujer
Tiene que ser para elegir.
Cambiar para que no cambie nada.
Es fácil, imposible, difícil, vale la pena intentarlo.
Tiene ojos, si hace falta, a veces grises, otras azules,
Negros, alegres, llenos de lágrimas sin motivo.
Se acuesta con él como primera fila, la única en el mundo.
Le da cuatro hijos, no le da hijos, le da uno.
Ingenua, pero da buenos consejos.
Débil, pero no puede con la carga.
No tiene nada en la cabeza, pero lo va a tener.
Lee a Jaspers y revistas femeninas.
No sabe para qué ese tornillo y construye un puente.
Jove, como de costumbre joven, constantemente joven.
Tiene en la mano un gorrión con el ala rota,
su propio dinero para un viaje largo y lejano,
un cuchillo, una compresa y un vaso de vodka.
A dónde va con tanta prisa, ¿no estará cansada?
Claro que no, sólo un poco, mucho, no importa.
O lo ama o está encaprichada.
En las buenas, en las malas y por el amor de Dios.

El poema funciona porque abre las posibilidades del significante, las estira y abarca una mirada amplia que focaliza en el hecho de ser mujer. Los versos sugieren y explican gracias a las paradojas que nos plantea la autora. La mujer está perfectamente perfilada y explicada en un arco abierto de posibilidades que cuestionan la autoridad patriarcal, siempre repetitiva cuando se ha tratado de construir, como he dicho antes, el imaginario femenino.

Cuando alguien lee poesía, la mayoría de las veces, no se cuestiona todos esos asuntos que estoy exponiendo. Sé que el poema funciona o no funciona y que raramente una puede explicarlo sin tener en cuenta las dosis de ¿irracionalidad? Que encierran algunos poemas. Muchas veces me pregunto para qué sirve un poema. Decía Freud en su ensayo El malestar de la cultura: “No podemos por menos de suspirar desconsolados al advertir cómo a ciertos hombres les es dado hacer surgir del torbellino de sus propios sentimientos, sin esfuerzo alguno, los más profundos conocimientos”. Donde no llegaba él mismo, llegaba el poeta. Desde luego la poesía ayuda a que la subjetividad y la conciencia se abran. Como escribe muy acertadamente Antonio Méndez Rubio “la poesía tiene entonces que ver con la emergencia de un sentido que no ha de ser comprendido sino producido: un acontecimiento que hace de un agujero un lugar para la vida”.

El poema, cuando funciona, nos devuelve mucho de nosotros mismos, de nuestras certezas y dudas, de nuestra condición efímera, de nuestro concepto de la belleza. Como apunta Hans-George Gadamer: “El significado está en las palabras del poema y no en lo que uno haya dicho sobre él. La interpretación culmina en la desaparición del intérprete y en la presencia exclusiva de lo interpretado”. Lamentablemente como lectoras hemos aprendido a desconfiar de lo que se muestra como verdad universal y muchas poetas hace tiempo que se cuestionan la revisión de los mitos, de la historia, de la cultura, del erotismo, de la relación con el otro o la otra, justamente para completar las malversadas imágenes literarias de las mujeres. Sostiene Heléne Cixous, que en literatura, la feminidad se puede distinguir en la primacía de la voz: voz y escritura se funden en uno. La mujer que habla es enteramente su voz: “materializa físicamente lo que piensa, lo que indica con su cuerpo. En otras palabras, la mujer está total y físicamente en su voz, y su obra escrita no es más que una extensión del acto de hablar reflejo de su propia identidad. Es cierto, en algunas poetas esto se ve muy claramente.

Veamos dos ejemplos. Primero elijo un texto de la desaparecida poeta uruguaya Marisa si Giorgio (1932-2004) perteneciente a su libro “La liebre de marzo”.

“Andaba erizada, temblando, me tenían de un ala; había gran espanto y zozobra, giré en el aire, pasé de rama en rama, transcurrió una noche bravía. Un mercado, una luz azul. Un hombre cruzó sobre sus zapallos, (rosados y dorados, como la luna), con su extraordinaria juventud, salió de entre las naranjas; había una muchacha acostada, blanca como espuma, y otra mujer, madre de esa muchacha.
Para peor, domingo al mediodía, luz radiante, giré, mirando, huyendo. Ya era tarde.
Decían que yo había nacido.
Vi cómo me miraban, me llevaban; a otra cosa, y traían leche, yuyos y muñecas.
Por donde había errado libre, durante siglos, desde siempre, entre las plantas, alelíes, aralias, pusieron otra planta y la llamaban marosa”.

El lenguaje se libera de recursos retóricos convencionales, el significante se amplía gracias a la voz poética que es capaz de salir de sí misma para hacernos partícipes del relato del nacimiento de la autora. En ese texto podemos notar un espacio abierto, lleno de colores diversos, el brillo que proyecta el poema llega hasta quién lo lee, celebra un acontecimiento. En realidad las palabras han dibujado una estela de sensaciones porque la perplejidad de ese yo que encajan en lo que se dice. No hay que ensamblarlas. Texto y escritura se unen. Veamos otro ejemplo de la misma autora.

“Lo más singular era la olla. Estaba rota, tirada entre
las piedras y las plantas. Pero, la abuela, a veces, hacía
un cocido en ella. Una sopa de alelíes. Y gusanos. Unos
afelpados, de un granate intenso, que, al cocinarse, se
volvían mucho más brillantes.
Esta sopa era servida a deshora. A las tres de la tarde
nos llamaban.
Íbamos a la escuela nocturna.
La maestra, desde el púlpito, enseñaba números, letras.
Pero dibujábamos en los cuadernos, cosas absurdas.
Y nuestro atuendo, también, era muy raro, coronas de cristal.
Alas levísimas”.

El segundo ejemplo es un texto radicalmente distinto. Se trata del último poema que escribió la escritora austriaca Ingeborg Bachmann (1926-1973). Ante la crisis que sintió cuando tuvo la certeza de que las palabras no podían decir lo que ella esperaba de ellas, decidió dejar de escribir poesía. “Nada de delikatessen” plantea una verdad para la autora en la que subyace la decisión de renunciar. Ante la imposibilidad de dar con la palabra justa, se antepone a su propia necesidad de escribir simbolizada en el sujeto que en el último verso decide “perderse” de ella misma.

Ya nada me gusta.
¿Debo
ataviar una metáfora
con una flor de almendro?
¿crucificar la sintaxis
sobre un efecto de luz?
¿Quién se romperá la cabeza
por cosas tan superfluas?
He aprendido a ser sensata
Con las palabras
Que hay
(para la clase más baja)
hambre
deshonra
lágrimas
y
tinieblas.
Con los sollozos no depurados,
Con la desesperación
(y desespero de desesperación)
por tanta miseria
por el estado de los enfermos, el coste de la vida,
me las arreglaré.
No descuido a la escritura,
Sino a mí misma.
Los otros saben
Dios lo sabe
Qué hacer con las palabras.
Yo no soy mi asistente.
¿Debo
Aprisionar un pensamiento
Llevarlo a la iluminada celda de una frase?
¿Alimentar oídos y ojos
Con bocados de palabras de primera?
¿Investigar la lívido de una vocal,
averiguar el valor de amateur de nuestras consonantes?
¿Tengo que,
con la cabeza apedreada,
con el espasmo de escribir en esta mano,
bajo la presión de trescientas noches
romper el papel,
barrer las urdidas óperas de palabras,
destruyendo así: tú y yo y él ella lo
nosotros vosotros?
(Que sea. Que sean los otros)
Mi parte, que se pierda.

El poema es largo. No sobre nada, todo es necesario. Cuerpo de escritura y escritura que se escinde en un cuerpo (alma) en crisis. No hay mentira, Bachmann nos muestra lo real: su impotencia, su clarividencia, su miedo, su seguridad en esa inseguridad. La renuncia es otro de los grandes temas relacionados con la mujer, de ahí la tendencia a identificar la poesía con el sufrimiento y más las poesía escrita por mujeres en general. Existen excepciones, claro, pero pocas. La alegría de vivir ha sido transmitida por pocas mujeres poetas. Pensemos. Hemos tenido que decir muchas cosas, hemos tenido que morir muchas veces, hemos tenido que maltratarnos, que suicidarnos, que entrar de puntillas a los salones literarios, hemos sido representas bajo una ausencia absoluta de nuestra propia perspectiva de mujeres en los grandes relatos culturales. Soy consciente de que le poesía, me temo, acabará siendo un espacio sólo para unos cuantos, desaparecerá el binomio: hombre, mujer. También muchos lectores, al menos en nuestra civilización “globalizada” comprenderán otros símbolos y tendremos que reinventar un lenguaje que sea accesible todos y todas. Hay que darle la vuelta de tuerca a las palabras y decirle al poeta que ya no es sólo, como advirtió Gadamer, el transmisor de una sabiduría que consiste en balbucir y enmudecer porque cree en la infinitud de aquello que no consigue decir, y precisamente porque no se consigue empieza a resonar en el otro. También somos responsables de producir belleza, le belleza de las cosas que se esconden, tras cada soledad, tras cada desarraigo, tras cada extrañamiento. El lenguaje de la poesía también para transgredir lo útil, para desarmar los edificios perfectamente construidos, para poner en duda casi todo. Porque todo es poetizable.

Para terminar, me gustaría dejar constancia de este poema de la poeta argentina Susana Thénon (1935-1991) editado en su poemario Ova Completa (1987) me gusta mucho por su capacidad de poner en duda el edificio cultural en el que habitamos.

Vos
que leíste a Dante en fascículos
te dejaste llevar
por esos dibujitos
a los que llaman miniaturas iluminadas
y te tragaste todo
todo
de pe
a pu
pero es mentira
ese complicadero del infierno es pura macana
hecha a propósito para hacerte perder el tiempo
en calcular a qué círculo irán a dar
los huesos de tu alma
¿y sabés una cosa?
este famoso averno
es de una sencillez admirable
que no se balde su señor es astuto
llegás allí y te dicen
sos libre
andá y hacé lo que te dé la gana.
Concha García.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Presentación de "Ya nada es rito y otros poemas"

El pasado jueves, 15 de noviembre, la poeta Concha García presentó su último libro, Ya nada es rito y otros poemas, en la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona. La presentación contó con la intervención de Rosa María Belda, Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia, que ha prologado el poemario de Concha García. Además, Rosa María Belda es autora del libro La poesía de Concha García, estudio crítico de su obra, publicado por Ediciones Litopress (Córdoba, 2006).

Rosa María Belda comentó los rasgos esenciales de la obra poética de Concha: la cotidianeidad, las situaciones ilógicas, la búsqueda, la mirada descentrada, la otredad, la horizontalidad...

La poeta hizo una lectura de algunos de sus poemas, que sirvió para ejemplificar las palabras de Rosa María Belda.

Después de esta primera parte, Manel Haro (Licenciado en Filología Hispánica), hizo una exposición donde comparó algunos de sus poemas con transparencias de cuadros de Remedios Varo y Edward Hopper. Fue la oportunidad de hablar de la poesía de Concha García a través de dos grandes maestros de la pintura.


Aquí un par de ejemplos:

Summer Interior, Edward Hopper


Cuando la cuna de la memoria

forma pasos con la desidia

y el cuerpo almacena escenas

de tierno contenido, yo me voy

donde ella no está.

Papilla estelar, Remedios Varo


Tu niebla de mujer

trae enseres a mi creencia,

yo, que casi sola,

he creado el mundo.

viernes, 26 de octubre de 2007

Una visión lateral de la poesía y el TODO como motor de la experiencia


Al hablar de la poesía de Concha García hay varios temas que debemos tener en cuenta, uno de ellos es la experiencia, que debe referirnos la más amplia acepción que podamos pensar. No solamente experiencia de anécdotas y vivencias sino también la experiencia más mundana, más material. Así, si la poeta se encuentra rodeada de una ciudad con unos escaparates, unos bares donde tomar una copa… debemos pensar que todo ello es también parte de su experiencia.

Todo ello nos lleva a hablar de la cotidianeidad en los versos. La autora parte de que TODO es poetizable, y pongo ese todo en mayúsculas para que pueda abarcar el máximo de cosas. Uno puede versificar sobre el amor en un paisaje bucólico, pero también puede hacerlo si al tomar una tapa de mejillones, empieza a pensar en la amada (como ella misma ha incluido en alguno de sus versos).

Por lo tanto, la poesía de Concha García parte de la necesidad de reflejar en todo momento una realidad que la envuelve, sin tapujos ni excesos de ornamentación poética.

No obstante el hecho de que no haya esa excesiva retórica no implica que detrás no haya un trabajo y un estilo propio. Porque precisamente los versos de Concha García gozan de un estilo muy claro y de una necesidad de mostrar una complejidad como arma poética.

La complejidad es pues uno de las grandes características de la poesía de su autora. A ella le interesa este mecanismo para transmitir sus sentimientos y sus experiencias. Y es interesante que lleve a cabo estas formas porque en caso contrario estaríamos ante una poesía desnuda, demasiado accesible y eso podría acabar en unos versos demasiado sencillos que, teniendo en cuenta que hablan de la cotidianeidad, podrían abocar al lector a un cierto tedio.

El lector debe trabajar también los poemas de Concha García; es más, debe trabajar cualquier texto literario que tenga en sus manos, más si es poético. El lector no solo debe actuar como lector, sino también como creador, algo semejante dijo también Gamoneda. La poeta propone y el lector dispone, es decir, ella va a escribir una serie de poemas complejos, herméticos, y el lector va a intentar desenmascarar esos sentimientos que se pasean por el poemario.

Hay en su poesía un juego constante de metáforas, de dobles sentidos y de otras encrucijadas poéticas. La sintaxis es quebradiza, como diría Vázquez Montalbán los finales de cada columna, a manera de bordes de abismo donde el poema se detiene. Todo forma parte del rol poético que los versos de la autora plantea, no solo complejidad en el fondo sino también en la forma.

Todo un conjunto de métodos temáticos y formales que encierran la esencia de la autora, tras ello se esconde un yo poético latente, que está vivo y que espera ser descubierto.

En su poesía, Concha siente la necesidad de vaciarse, de desubicarse o de descentralizarse para verse a sí misma, para ver quién es y poder hablar de la que es, de la que fue o de la que pudo haber sido. El yo queda más desplazado por las circunstancias, la angustia no la aporta ella, sino que la aporta lo que la envuelve.

Es innegable el carácter moderno e innovador de su poesía. Lo importante de la autora es la visión que aporta de la existencia, una visión lateral, descentrada. No le interesa hablar de la experiencia bajo los preceptos del positivismo o del racionalismo que la sociedad nos ha inculcado. A ella le interesa el sentimiento, el descontrol de lo pasional. Vemos una poeta que está al margen de una poesía que refleja una confesionalidad transparente y que acaba con la compasión del lector hacia ella. Es más bien una manifestación de la libertad personal de escribir lo que siente, bajo un punto de vista absolutamente antiracional y antipositivista, prefiere esa lateralidad. Es una poesía anti cualquier convencionalismo, pero no debemos confundirnos, no es un antipoema. Es poesía en estado puro.

Algo semejante puede sentirse cuando se lee Rayuela de Cortázar, es una obra que rompe con los clichés, con las formas convencionales y pone de manifiesto la libertad personal de crear como el autor quiera. ¿Es Rayuela una antinovela? ¿Es Lo de ella un antipoema? Seguramente ni una cosa ni otra. Una es una novela en su máxima plenitud y lo otro es un poemario que reclama la misma libertad.

Creo que ha quedado manifestado lo que implica la poesía de Concha García. No solamente un poemario de amor, de angustia, de recuerdo… sino un alegato de la libertad poética. Cuando un lector se adentre en sus versos se encontrará con trampas, con juego de imágenes, con encrucijadas… Se meterá en un laberinto del que podrá salir con la ayuda de las pistas que va sembrando la poeta en sus versos y si no encuentra la salida propuesta, encontrará otra igual de válida.

Uno no debe nunca sucumbir ante la complejidad de un poema, sino que debe aceptarlo como un juego propuesto por el autor. Al igual que cuando miramos un cuadro abstracto, no debemos intentar saber qué quiere decir el pintor, sino que debemos jugar con lo que nos inspira –dentro, siempre, de los límites de las posibilidades interpretativas-.

Con muy buen criterio muchos cuadros abstractos tienen como título Sin título, para evitar precisamente que el espectador pierda el tiempo intentando descifrar qué ha sentido el pintor. Al igual que muchos poemas, como es el caso de muchos de la autora, no llevan título, sino que solamente hay un título genérico que va en la portada del libro.

Ya decía Ortega y Gasset en sus ensayos de arte y estética que cuando uno no entiende el arte tiende a descalificarlo, es cuando la obra de arte supera al espectador. Caso contrario es cuando el espectador entiende la obra de arte y la hace suya o la rechaza: en este caso el espectador está por encima de la obra y puede escoger, ha alcanzado la meta del juego.
A Concha García, una vez se la ha leído, puede gustar o no, pero no puede dejar indiferente.
Al entrar en ella estamos ante esa complicidad autor-poema-lector, ese juego poético. Y cuando uno le da la oportunidad a la poesía, es cuando disfruta de toda la potencia de un poema.
Y con buen juicio Concha García abre uno de sus poemarios, Lo de ella, con una cita de Wittgenstein: Si alguien puede creer con certeza en Dios ¿por qué no creer en el alma de otro?

Creamos pues que otra poesía es posible.

Manel Haro.
ArtiLiteratura © Ciberanika.com

"Si yo fuera otra", Concha García

Si yo fuera otra
Concha García
Editorial Centro de Ediciones de la Diputación Provincial de Málaga
Colección Puerta del Mar
Género: Poesía (antología)

90 páginas
ISBN: 84-7785-682-6

Si yo fuera otra es una antología (edición a cargo de la propia autora) de sus poemas más representativos. No repetiré el valor que tiene la poesía de Concha García, baste para ello echar un vistazo a los otros posts sobre la autora, pero si quieren alguna pista, les diré que la desolación, el amor, el recuerdo, el sexo, la cotidianeidad y la divagación están presentes en este volumen.

La selección de textos es bastante acertada, aunque es posible que el lector fiel de Concha García eche de menos algunos versos que les haya gustado de forma especial. Ya se sabe que una antología solamente puede pretender mostrar una pequeña selección de la obra, por lo que inevitablemente muchos textos quedan fuera.

Los poemas vienen reunidos en una más que sugerente edición con un prólogo de Ángeles Mora que resulta de bastante ayuda si el lector quiere acercarse con más profundidad a los poemas de Concha García.

Si yo fuera otra es una excelente oportunidad para hacer una cata poética de la obra de esta autora rompedora y moderna. De ese modo, el lector percibirá una nueva perspectiva, una nueva forma de creación y una nueva sensibilidad. Estos poemas gustarán más o menos, pero lo indiscutible es que estamos ante una forma diferente de sentir la poesía.

"Lo de ella", Concha García

Lo de ella
Concha García
Icaria Editorial
1ª edición, 2003
Género: Poesía
70 páginas
978-84-7426-673-3

Poemas de corte intimista y autobiográfico donde la poeta nos detalla el ir y venir de un hotel a otro a lo largo de su existencia. No solo eso, sino ese no sentir que se pertenece a ningún sitio, ese estar constantemente cambiando de lugar, unas veces pasando frías noches en hoteles, otras tantas esperando en los aeropuertos...

Estamos ante un poemario aparecido en 2003, uno de los últimos publicado por su autora. Su trayectoria ya está consolidada y eso se nota en su poesía. Me atrevería a decir que es uno de los textos más radicales en cuanto a formas que ha escrito: los quiebros son como abismos que te encuentras sin esperarlos, las pistas que va sembrando para poder interpretar el texto son más escasas.

Requiere una lectura más atenta y una participación del lector muy importante. La soledad o desolación está presente, pero hay que darse cuenta de ella, no está de una forma demasiado explícita. Con el tema del recuerdo de un pasado amoroso ocurre lo mismo: está presente pero hay que dar con él, etc.

Eso se debe a que más que poemas estamos ante poemillas, versos breves y contenidos pero que a la vez quieren expresar mucho. Las metáforas abundan y muchas de ellas hay que saber interpretarlas (ayuda mucho haber leído otros libros de la autora).

Sería un error decir que es un libro complejo, porque la complejidad es relativa y seguro que a su autora no le gustaría leer esta afirmación. Pero sí diremos que hay mucha codificación y hermetismo.

Un lector poco dado a la poesía quizá se pierda en este poemario si además no ha leído nada de Concha García. Recomendaría empezar por Si yo fuera otra, que es una buena antología para empezar a conocer a esta autora y a partir de ahí, seguir con sus distintos libros.

En cualquier caso animo a que al menos intenten leer a esta poeta, vale la pena conocer nuevas formas de expresarse, quizá no tan nuevas, pero que resultan novedosas en estos momentos.

"Árboles que ya florecerán", Concha García

Árboles que ya florecerán
Concha García
Igitur Ediciones
1ª edición, 2001
Género: Poesía
72 páginas
ISBN: 978-84-95142-14-6

Nuevamente tenemos el tema de la experiencia en este poemario de Concha García. Dice Olvido García Valdés, que prologa el libro, que la experiencia es incluso contradictoria en muchas ocasiones. Y eso es lo que trata de demostrar la poeta en sus versos. Ya para abrir el libro introduce una cita de E.M. Cioran que asegura lo que decimos: que la vida tiene fragmentos y que cada fragmento responde a una experiencia, consecuentemente es posible que las diferentes experiencias se contradigan.

Y esa experiencia gira alrededor del amor nuevamente, del amor y del sexo. Un amor nostálgico, pasado, que hiere recordarlo, pero al mismo tiempo podemos ver que ciertos símbolos en la poesía de Concha como es la cama (un elemento que servía como lugar de angustia), que ahora nos la menciona como lugar de recreo sexual, es por lo tanto reparadora (pero vista desde una perspectiva angustiosa ya que la felicidad quedó atrás).

La ventana es otro símbolo que no comunica con el exterior, sino que es punto de observación interior, autoobservación. Y en los pocos momentos que podemos mirar hacia afuera es con motivo de desencanto y pesar.

El estilo es inconfundible. Hay un alto hermetismo en los versos, se nota que estamos ante lo que siente la poeta, lo que está más en el fondo de ella. Y eso es difícil descifrarlo. Podemos hacer nuestras interpretaciones o podemos no entender a qué se refiere. Pero quizá esos poemas vayan dirigidos a alguien en concreto, alguien que lee y que escucha en silencio. Alguien que conoce esos símbolos, esas pistas que va dejando por todo el poemario. Nosotros atendemos con curiosidad, con nuestro esfuerzo y participación.

Son unos poemas que quieren ser libres pero todavía viven encarcelados de alguna manera por unos sentimientos que poco a poco la poeta va desatando. Será nuestra labor abrir esas celdas y rescatar las emociones de Concha García. ¿Se atreven?

jueves, 25 de octubre de 2007

"Otra ley", Concha García

Otra ley
Concha García
Editorial: Víctor Orenga (Valencia, 1987)
Género: Poesía
ISBN: 84-86206-40-5
71 páginas

El argumento lo podríamos reducir a un par de palabras: sexo y desenfreno. El amor femenino que tan presente está en la obra de Concha García es en este caso un amor correspondido, que produce alegría. Y sobre todo, sexo, sexo y sexo. Es quizá el poemario más atrevido que he leído de ella. No hay tanto hermetismo como en otras ocasiones, ahora podemos interpretar claramente unos deseos. Pero lo cortés no quita lo valiente, ya que el estilo característico de esta poeta sigue ahí: unos versos que nos confunden, unas metáforas que nos obligan a estrujarnos la mente. Hay esa interioridad compleja que debemos alcanzar a través de los versos. Una experiencia ensimismada (como diría Vázquez Montalbán) que en este caso es más accesible.

Este libro fue publicado en 1987, la autora tenía unos 31 años, y es un momento de más tranquilidad consigo misma. Lo vemos en ciertos símbolos que reaparecen poema tras poema: la cama en este caso es lugar de encuentro, de correspondencia, las ventanas al principio del poemario se cierran (hay una intimidad), no aparece tanto el paso del tiempo ni las señales de la edad. Es por lo tanto, uno de esos papeles de la vida que diría la autora, una etapa diferente a los poemas que ha escrito en los últimos años.

Un detalle curioso es la portada del libro: aparece una boca entreabierta: la parte de arriba es claramente un labio superior con unos dientes, la parte de abajo es la silueta de una mujer. Parece como si boca y mujer fuera lo mismo o quizá que esa boca abierta (no hay labio inferior) vaya a engullir a la mujer. Esa imagen de Vicente Figuerola refleja a la perfección lo que es este libro, Otra ley.

"Cuántas llaves", Concha García

Cuántas llaves
Concha García
Editorial Icaria
1ª edición, 1998
Prólogo de Manuel Vázquez Montalbán
Género: Poesía
ISBN: 84-7426-355-7
62 páginas

Este poemario refleja una experiencia ante la vida en general y ante la vida amorosa en particular. Como dice Manuel Vázquez Montalbán, quien prologa el libro, la poeta es la protagonista de los versos y se sabe personaje.

Pero hay que advertir que no estamos ante unos versos simplones propios de la poesía de enamorados frustrados. Estamos ante una poesía que encierra un gran hermetismo en sí misma y que puede costarnos penetrar, pero que al mismo tiempo nos atrapa y nos obliga a leer una y otra vez estos versos hasta conseguir captar su esencia.

La protagonista reflexiona en una cama que no es reparadora ni lugar de descanso, sino que sirve para pensar, soñar, recordar... Y esa cama está en una habitación donde siempre hay una ventana que no comunica con el exterior, sino que es el punto por donde nosotros podemos mirar el interior de la habitación (el interior de la autora).

Dice Manuel Vázquez Montalbán que la de Concha García es una experiencia ensimismada. Precisamente ese ensimismamiento le otorga la calidad a sus versos. Un lector llegará a plantearse dudas, sacará sus conclusiones, ciertas cosas no las entenderá y otras tantas le fascinarán. Todo ese mundo es el de Concha García. Y es que la complejidad forma parte también del amor y éste es un clarísimo ejemplo. Que se lo digan a San Juan de la Cruz...

No hay una floritura ni una egopoesía en cuanto a las formas, sino que son unos versos directos cuya complejidad está en el fondo, en lo que realmente quiere expresar. Si el amor es cortante, también lo son las líneas de la poesía, la sintaxis. Si el amor es incoherente, también podemos perdernos en estos versos. Si el amor es el abismo, también hay caída aquí. Por lo tanto, adentrarse en Cuántas llaves es adentrarse en el mundo personal de la autora.

Ella no nos lo da todo servido, requiere la participación de un lector que tendrá que perderse en un manojo de llaves para encontrar respuestas. Porque las llaves son puertas por abrir, preguntas por responder...

"Ayer y calles", Concha García

Ayer y calles
Concha García
Editorial Visor
Género: Poesía
ISBN: 84-7522-326-5
66 páginas

Éste es un libro de poemas relativamente diferente al resto de Concha García. En este caso no hay esa rotundidad en los versos, esos quiebros radicales. Sin embargo el tema vuelve a ser el mismo: la soledad, la pérdida del amor... Pero el recuerdo (el ayer) ahora cobra más importancia. La manera de recordar en el poemario es característica de su autora: para poder recordar primero tiene que salirse de sí misma; tiene que ser otra. Cuando es otra, consigue recordar a la primera. Éste es el sistema.

Hay una relación muy marcada con la cotidianeidad, los objetos, las situaciones, la calle... El presagio sirve como anuncio de una verdad fulminante, una verdad que se palpa, se sabe.

Podríamos decir que leer a Concha García es conocerla a ella. Pero al mismo tiempo podríamos decir que leer a Concha es toparnos con muchas personalidades distintas, inmiscuirnos en una amalgama de experiencias diversas. Quizá simplemente creemos que la conocemos. Decía Vázquez Montalbán que la autora es protagonista y ella lo sabe y ciertamente, creo que este libro es el más claro ejemplo.

Me gustaría citar dos versillos que aparecen en Ayer y calles:

Las palabras no pueden apresar la experiencia.
Yo tampoco.

Con eso nos quedamos.

"Pormenor", Concha García

Pormenor
Concha García
Editorial Dilema
Colección Ocnos Alas (1ª Edición: 2005)
Género: Poesía

ISBN: 84-9827-006-8
73 páginas


Después de que la amada se marche en una especie de fuga anunciada, queda la dura prueba de enfrentarse a lo cotidiano, a todo aquello que ha estado presente durante la relación. A partir de ahí, todo lleva a intentar seguir adelante eludiendo los recuerdos de un pasado que trastorna el presente y la visión de la vida diaria.

Como he dicho en alguna otra reseña, la poesía de Concha García es un transitar sin descanso por los terrenos de un amor no colmado. En ese camino en el que se mueve el yo poético, se dejan una serie de pistas –indicios- que permiten al lector –perseguidor- rastrear ese periplo de amor y soledad que queda anclado en unas huellas latentes, imborrables.

En el primer poema (Empezar), leemos un verso revelador: adoro los tejados y beber. La figura de una mujer sola en la barra de un bar, apurando una copa, sin saber exactamente qué le recorre por la mente es importante en la poesía de la autora; la soledad está escudada en esa acción: levantar el vaso y beber, sin más compañía que la propia. Y luego los tejados, ese enclave urbano testigo del desamor, de la soledad. El yo poético está perfectamente integrado en la ciudad y en sus paisajes. Parece, una vez más, una superposición de varios cuadros de Hopper.

Si nos detenemos en el poema Permanencia, veremos también esas pistas antes mencionadas. Seguro que la autora no se molestará por incluir los versos aquí:

Me ha querido como a nada en el mundo.
Como a nada, pienso: nada.
Y busco entre la nada. ¿Qué es la nada?
¿Un compromiso? ¿Una sed?
¿Algo?

El amor máximo que podamos establecer, querer como a nada, queda desvirtuado por esa misma nada. Cuando la amada se marcha, es precisamente esa sensación de nadería lo que queda. Y ¿qué es esa nada? Aquí, en Pormenor, es una lacerante sed.

Volvemos otra vez a esa necesidad de beber para calmar el desasosiego, la sed. Beber para olvidar. Pero existe también la cotidianeidad de los actos, que son tan hirientes como esa misma nada. Todo le recuerda a ella: el vaso sucio sobre el fregadero, la tapa de boquerones en el bar, las facturas… Todo lo que ha custodiado una relación acabada es fiel testigo del fracaso y se manifiesta a cada golpe de vista. Por lo tanto, incluso un vaso para beber puede ser símbolo de inquietud.

No es posible borrar esas marcas, así que la única solución aparente es la de ignorar, intentar que la mirada no coincida con las evidencias. Pero de ese modo se da con un crudo aburrimiento y abatimiento que lleva a sentarse frente al televisor y no prestar atención más que a los recuerdos. El pasado es una realidad y el futuro una incerteza; así el presente no es más que la conexión entre una realidad amarga y una incertidumbre angustiante. Todo un círculo, una encrucijada.

De cualquier modo, en este poemario no está tan presente el dolor por la ausencia, sino más bien la duda y cierta necesidad de controlar el desconcierto. Hay conciencia de la pérdida, de la marcha y se establece un intento de autocontrol. Quizá la mayor felicidad sea el poder decir ya no te quiero, ser capaz de controlar las emociones.

Como decíamos, quizá sea el beber la única manera de desintoxicarse de la borrachera de un amor pasado, como despertando con una jaqueca tras una ruptura o un exceso de alcohol. Pero, muchas veces, ni eso es suficiente si en el monedero no quedan más que cinco duros y no alcanza para pagar una copa. Entonces sí que ya no queda nada.

Del poemario se desprenden unas palabras: la pasión queda estropeada si se desea lo que ya se tiene. Efectivamente, en Pormenor lo que se desea es lo que se ha perdido y resulta trivial desear lo que ya es tuyo, porque entonces no es deseo, sino pasión u otro sentimiento.

No sería un descalabro decir que la poesía de Concha García está en un nivel superior, en un lugar donde el lector debe forzar su capacidad para llegar a comprender el caudal simbólico que está engastado en los versos –en las huellas- de cualquiera de sus poemas.

Volviendo al principio, cuando el lector ya se sabe de memoria esas pistas es capaz de dominar el terreno que sigue el yo poético. Así, se pueden encontrar atajos o salvar obstáculos hasta dar, como una explosión, con la esencia del poema. Y quizá esa esencia tenga forma de mujer y esté sentada en algún bar bebiendo e intentando olvidar un amor pasado.