viernes, 26 de octubre de 2007

Una visión lateral de la poesía y el TODO como motor de la experiencia


Al hablar de la poesía de Concha García hay varios temas que debemos tener en cuenta, uno de ellos es la experiencia, que debe referirnos la más amplia acepción que podamos pensar. No solamente experiencia de anécdotas y vivencias sino también la experiencia más mundana, más material. Así, si la poeta se encuentra rodeada de una ciudad con unos escaparates, unos bares donde tomar una copa… debemos pensar que todo ello es también parte de su experiencia.

Todo ello nos lleva a hablar de la cotidianeidad en los versos. La autora parte de que TODO es poetizable, y pongo ese todo en mayúsculas para que pueda abarcar el máximo de cosas. Uno puede versificar sobre el amor en un paisaje bucólico, pero también puede hacerlo si al tomar una tapa de mejillones, empieza a pensar en la amada (como ella misma ha incluido en alguno de sus versos).

Por lo tanto, la poesía de Concha García parte de la necesidad de reflejar en todo momento una realidad que la envuelve, sin tapujos ni excesos de ornamentación poética.

No obstante el hecho de que no haya esa excesiva retórica no implica que detrás no haya un trabajo y un estilo propio. Porque precisamente los versos de Concha García gozan de un estilo muy claro y de una necesidad de mostrar una complejidad como arma poética.

La complejidad es pues uno de las grandes características de la poesía de su autora. A ella le interesa este mecanismo para transmitir sus sentimientos y sus experiencias. Y es interesante que lleve a cabo estas formas porque en caso contrario estaríamos ante una poesía desnuda, demasiado accesible y eso podría acabar en unos versos demasiado sencillos que, teniendo en cuenta que hablan de la cotidianeidad, podrían abocar al lector a un cierto tedio.

El lector debe trabajar también los poemas de Concha García; es más, debe trabajar cualquier texto literario que tenga en sus manos, más si es poético. El lector no solo debe actuar como lector, sino también como creador, algo semejante dijo también Gamoneda. La poeta propone y el lector dispone, es decir, ella va a escribir una serie de poemas complejos, herméticos, y el lector va a intentar desenmascarar esos sentimientos que se pasean por el poemario.

Hay en su poesía un juego constante de metáforas, de dobles sentidos y de otras encrucijadas poéticas. La sintaxis es quebradiza, como diría Vázquez Montalbán los finales de cada columna, a manera de bordes de abismo donde el poema se detiene. Todo forma parte del rol poético que los versos de la autora plantea, no solo complejidad en el fondo sino también en la forma.

Todo un conjunto de métodos temáticos y formales que encierran la esencia de la autora, tras ello se esconde un yo poético latente, que está vivo y que espera ser descubierto.

En su poesía, Concha siente la necesidad de vaciarse, de desubicarse o de descentralizarse para verse a sí misma, para ver quién es y poder hablar de la que es, de la que fue o de la que pudo haber sido. El yo queda más desplazado por las circunstancias, la angustia no la aporta ella, sino que la aporta lo que la envuelve.

Es innegable el carácter moderno e innovador de su poesía. Lo importante de la autora es la visión que aporta de la existencia, una visión lateral, descentrada. No le interesa hablar de la experiencia bajo los preceptos del positivismo o del racionalismo que la sociedad nos ha inculcado. A ella le interesa el sentimiento, el descontrol de lo pasional. Vemos una poeta que está al margen de una poesía que refleja una confesionalidad transparente y que acaba con la compasión del lector hacia ella. Es más bien una manifestación de la libertad personal de escribir lo que siente, bajo un punto de vista absolutamente antiracional y antipositivista, prefiere esa lateralidad. Es una poesía anti cualquier convencionalismo, pero no debemos confundirnos, no es un antipoema. Es poesía en estado puro.

Algo semejante puede sentirse cuando se lee Rayuela de Cortázar, es una obra que rompe con los clichés, con las formas convencionales y pone de manifiesto la libertad personal de crear como el autor quiera. ¿Es Rayuela una antinovela? ¿Es Lo de ella un antipoema? Seguramente ni una cosa ni otra. Una es una novela en su máxima plenitud y lo otro es un poemario que reclama la misma libertad.

Creo que ha quedado manifestado lo que implica la poesía de Concha García. No solamente un poemario de amor, de angustia, de recuerdo… sino un alegato de la libertad poética. Cuando un lector se adentre en sus versos se encontrará con trampas, con juego de imágenes, con encrucijadas… Se meterá en un laberinto del que podrá salir con la ayuda de las pistas que va sembrando la poeta en sus versos y si no encuentra la salida propuesta, encontrará otra igual de válida.

Uno no debe nunca sucumbir ante la complejidad de un poema, sino que debe aceptarlo como un juego propuesto por el autor. Al igual que cuando miramos un cuadro abstracto, no debemos intentar saber qué quiere decir el pintor, sino que debemos jugar con lo que nos inspira –dentro, siempre, de los límites de las posibilidades interpretativas-.

Con muy buen criterio muchos cuadros abstractos tienen como título Sin título, para evitar precisamente que el espectador pierda el tiempo intentando descifrar qué ha sentido el pintor. Al igual que muchos poemas, como es el caso de muchos de la autora, no llevan título, sino que solamente hay un título genérico que va en la portada del libro.

Ya decía Ortega y Gasset en sus ensayos de arte y estética que cuando uno no entiende el arte tiende a descalificarlo, es cuando la obra de arte supera al espectador. Caso contrario es cuando el espectador entiende la obra de arte y la hace suya o la rechaza: en este caso el espectador está por encima de la obra y puede escoger, ha alcanzado la meta del juego.
A Concha García, una vez se la ha leído, puede gustar o no, pero no puede dejar indiferente.
Al entrar en ella estamos ante esa complicidad autor-poema-lector, ese juego poético. Y cuando uno le da la oportunidad a la poesía, es cuando disfruta de toda la potencia de un poema.
Y con buen juicio Concha García abre uno de sus poemarios, Lo de ella, con una cita de Wittgenstein: Si alguien puede creer con certeza en Dios ¿por qué no creer en el alma de otro?

Creamos pues que otra poesía es posible.

Manel Haro.
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